
Asi trascurrieron los años...mi aspecto se demudó de tal modo que perdí la apariencia humana.
Perdí la capacidad de respirar, de observar el tiempo de soñar. No había día ni noche. Me olvide de la alegría, de los deseos. Mi obsesión con la Muerte y la compañia de mis demonios eran mi unico refugio, mi unico hogar. De no ser por él allí mi espíritu se hubiera desecho y fundido con la niebla. Su nombre era hermoso, como ninguno que jamás hubiera escuchado. Su rostro era semejante a la verdad, nítido y bello. Era un ser sufriente, pero no por su pecado ni por sus culpas sino por la pureza. Me conocía, me buscaba. Al principio no comprendí sus intenciones. No sabía si temerle o rechazarle con odio. Pero se inclinó a mí y con sólo una palabra me devolvió el alma. Su mirada sanó mis heridas...Me dió su propia sangre y su propio aliento para que viviera...Me levantó del polvo y la miseria y me regalo la luz para que sellara mi destino. Desde entonces tomé su espada y su espiritu. Tuve el poder para desafiar a la perversa Muerte y enfrentar a la cruel Vida, para combatir a mis demonios y vencerlos. Me dió el don de la compasión y la sabiduria para habitar entre los hombres y la voluntad de renarcer de mis cenizas cuando fuere necesario.

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